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¿Cómo está el género?

¿Cómo está el género?

Nuestra construcción social de género influye en cómo vivimos nuestra sexualidad y puede tener consecuencias, a veces, no deseadas. ¿Qué pasa si no encajamos en las etiquetas de feminidad y masculinidad socialmente establecidas? ¿Cómo influye eso en nuestra forma de relacionarnos con otras personas? ¿Qué tipo de relaciones de pareja se establecen? ¿Afecta el género en el sexo?

Para entenderlo todo hay que empezar desde el principio y comprender cómo funciona el SISTEMA DE GÉNERO. Este sistema tiene tres dimensiones: sexo – género – orientación del deseo.

El SEXO tiene que ver con las características biológicas. El sexo da como resultado cuerpos de hombre o de mujer (macho o hembra). ¿Esto cómo lo sabemos? Cuando un bebé nace (o en ecografías previas) si tiene pene, le asignan sexo como niño y si tiene vulva, niña.

El GÉNERO que tiene que ver con nuestra identidad y comportamiento. Si tienes cuerpo biológico asignado de mujer, te sentirás y comportarás como lo que se establece socialmente como femenino (ídem con los hombres)

La ORIENTACIÓN DEL DESEO se refiere a quién deseas amar. En nuestro sistema será la heterosexualidad la única posibilidad (atracción a personas de sexo diferente al tuyo).

 El problema de este sistema es que cada dimensión establece como únicas estas posibilidades dejando otras muchas posibilidades fuera:

El sexo deja fuera a las personas INTERSEX: son aquellas personas que nacen con unos órganos reproductivos o tienen una anatomía sexual que no encajan en la definición típica de macho/hembra debido al resultado de variaciones genéticas, hormonales u anatómicas que transcurren en el proceso de gestación. La asignación del sexo es complicada, ya que el sexo depende de varios criterios (gónadas, hormonas, genitales, cromosomas….) por tanto, mirar los genitales no puede ser el único criterio para asignar a un bebé su sexo.

La clasificación de género a las personas TRANS*: son personas cuya identidad de género no corresponde al sexo que les asignaron al nacer.  El término trans* se usa como un término paraguas inclusivo de diferentes expresiones e identidades de género (transgénero, transexual…). La vivencia de las personas trans* es muy diversa ya que no todas las personas trans* tienen conciencia de su transexualidad a la misma edad, ni toman las mismas decisiones sobre sus vidas. A veces en la infancia o juventud podemos transgredir las normas sociales de género y eso no significa que en la edad adulta vayamos a vivirnos como persona trans*.

Y la orientación (normativa) del deseo excluye a las personas NO HETEROSEXUALES: Son aquellas personas lesbianas, gays, bisexuales, queer, pansexual,….es decir, todas aquellas personas que deseen a otras del mismo sexo que les asignaron u ambos sexos, o cuya identidad sea cuestionada como no binaria (en el caso de personas queer y pansexuales que no se identifican con el binarismo hombre/mujer)

Sin embargo, me pregunto: ¿sólo deja fuera a las personas intersex, trans* o LGBQ+? ¿Qué pasa con el resto de humanos, los que estamos de acuerdo con el sexo de asignación (también llamados CISGÉNERO)? ¿Todas las niñas son “femeninas” y todos los niños “masculinos”? ¿Qué pasa con los niños que no cumplen con las expectativas de masculinidad establecidas? ¿Cómo les etiquetamos? ¿Qué ocurre cuando vemos a alguien por la calle que no encaja en lo socialmente establecido, por qué nos incomoda?

Si las personas somos más cosas que nuestro sexo, nuestra identidad de género y nuestros deseos, ¿por qué seguimos perpetuando estas clasificaciones? ¿Cuál es el problema de no cambiar el sistema? No cambiarlo hace que sigamos construyendo una sociedad desigual donde los niños son los campeones/nobles y las niñas princesas/brujas. Los hombres “son unos cracks” si tienen relaciones con cuantas más mujeres mejor y las mujeres si hacen lo mismo son etiquetadas de forma negativa (“guarras”). Los hombres que muestran sus sentimientos “son nenazas” y sospechamos de mujeres que sean osadas, firmes y seguras de sí mismas. Si esto lo trasladamos a la cama, a ellos se les exige tener la iniciativa, controlar la situación y ser amantes expertos y a ellas, a no pedir, a ser sumisas y a renunciar a su placer para dárselo a la otra persona. ¿Y en las parejas LGBT+ qué ocurre cuando no hay referencias en cuanto al placer pero sí las mismas exigencias por género?

Existen cantidad de desigualdades que emanan de este sistema también por cuestiones de raza (no es lo mismo tener un color de piel blanca que negra), capacidad (cómo viven su sexualidad las personas con discapacidad/diversidad funcional) o clase social (pobre/ricx, primer/tercer mundo).

Seguramente si habéis llegado hasta aquí hayáis pensado que la CULPA es de este sistema de género. Pero echarle la culpa al sistema nos exime a cada unx de nosotrxs de no hacer nada. ¿Y acaso nosotrxs no somos el sistema? ¿Acaso no corremos con “mariquita el último”? ¿No decimos “mírala si parece una p***? ¿No nos recorre un miedo si a nuestra hija sólo le gusta ir en chándal y jugar al fútbol? ¿En situaciones sociales o en la cama fingimos ser de otra forma para evitar ser juzgadxs? Hagamos un poquito de autocrítica, cuidemos nuestro lenguaje y nuestras actitudes porque sólo así conseguiremos un mundo más diverso e inclusivo para TODES.

Si te interesa este tema, te animamos a apuntarte al taller “Educación Sexual y Género”, que se celebrará el próximo 27 y 28 de Enero de 2017.

NÚRIA CANO CANO. SEXÓLOGA